La luz interior


Todo niño en el vientre de su madre está lleno de luz; es una luz interior, un brillo interior. Empero, cuando el niño nace y abre los ojos y ve el mundo, los colores, la luz y la gente, lentamente va cambiando el patrón. Olvida mirar hacia adentro, se interesa demasiado por el mundo exterior. Se ve absorbido de tal manera que, muy lentamente, se le va olvidando que puede mirar hacia adentro.
En la meditación, uno tiene que volverse a conectar con esa fuente interna de luz, olvidarse de todo el mundo e ir hacia adentro, sintonizarse con su interior, como si el mundo hubiera desaparecido, como si no existiera.
Por lo menos una hora cada día uno tiene que olvidar al mundo por completo y ser sólo uno mismo. Entonces, lentamente, se vuelve a dar la antigua experiencia. Ese momento, cuando se llega a conocer la luz interior, es tremendo, pues ahora se ha visto el mundo y su variedad, se han visto todos los sonidos. 
Después de todo eso, ver el silencio interno y la pureza de la luz es una experiencia totalmente diferente. Además, nutre tanto, revitaliza tanto: es la fuente del néctar.
Entonces, esta puede ser tu meditación por las noches, temprano en la mañana o cuando tengas tiempo. Mientras más fácil sea olvidarse del mundo, (como tarde en la noche, cuando ya no hay tráfico, la gente se ha ido a dormir y todo el mundo ha desaparecido por acuerdo propio), más fácil será entrar. También puede ser temprano en la mañana, cuando la gente todavía está dormida. Sin embargo, una vez que empieces a ver la luz interior, podrás verla en cualquier momento. En el mercado, a mediodía, podrás cerrar los ojos y verla, y aunque sea sólo por un momento, es tremendamente relajante.
Empieza haciéndolo en la noche. Sólo siéntate en silencio durante una hora mirando hacia adentro, observando y esperando a que explote la luz. Un día explotará. No vas a crearla, sólo vas a redescubrirla.  

(Osho).


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