Hedonismo








La filosofía hedonista encierra la aceptación implícita del derecho a disfrutar. La filosofía anhedónica (lo contrario de hedonista) es el culto a la insensibilidad; es el mejor caldo de cultivo para que prospere la infelicidad. Si vives enfrascado en una forma de vida avara, perderás la posibilidad de vivir con pasión. Es imposible aprender a quererte a ti mismo si no aceptas vivir intensamente.

Algunas personas confunden el “no sentirse mal” con el “sentirse bien”. Dejar de autocastigarse y de sufrir no es suficiente. Hay que dar un paso más, premiarse y tener una filosofía orientada al placer. De otra forma, tu vida, de por sí corta, se irá convirtiendo en simple y aburrida. Como un huevo sin sal: insípida.

Uno de los grandes males del siglo veinte es la escasa capacidad de sentir pasión. No importa hacia qué, la pasión es darle sentido a la vida, es crear un sentimiento de alto grado de fuerza y vigor, es vibrar con energía. Algunos afortunados, aun bajo la fuerte influencia de la analgesia social, logran una pasión que los lleva al pleno potencial hedonista. No hace falta subir la montaña más alta del mundo o cruzar a nado el Amazonas. El pleno disfrute se observa también en las cosas cotidianas, como coleccionar escapularios, cultivar rosas, leer, ir al cine, escribir, cocinar, jugar ajedrez, ser radioaficionado, pintar, etc. Cualquier cosa que elijas puede convertirse en tu pasión, si trabajas activamente en ello.

Si sabemos que es vital para nuestra salud mental, ¿por qué no somos hedonistas?, ¿por qué nos resignamos a un estilo de vida rutinario y poco placentero? Los humanos, quizás por querer ser “demasiado humanos”, hemos perdido algunas capacidades fundamentales que heredamos de nuestros antecesores animales. El desarrollo de la corteza cerebral y del lenguaje, si bien ha permitido evolucionar en muchos aspectos, nos ha alejado del legado subcortical-emocional de nuestro pasado filogenético en dos factores principales: la conducta de exploración y la sensibilidad emocional.

La exploración es uno de los comportamientos que más garantiza el desarrollo inteligente y el desarrollo emocional de nuestra especie. La búsqueda permite el descubrimiento de las fuentes de alimentación, de guaridas y del apareamiento sexual en las especies inferiores. Esta investigación instintivamente generada ayuda a que el sistema conductual heredado se enriquezca y permite aumentar el repertorio de recursos para afrontar peligros y preverlos. Es una forma de autoestimulación. Algunas características de la vida animal son el desplazamiento y la modificación del medio para ponerlo al servicio de la subsistencia. La curiosidad es uno de los factores que ha permitido el desarrollo y mantenimiento de la vida en el planeta. Husmear, escudriñar y explorar llevan a una de las mayores satisfacciones: el descubrimiento y la sorpresa. La exploración abre puertas que estaban cerradas a los sentidos y al asombro. Chocar con una realidad insospechada y quedar pasmados ante el hallazgo, boquiabiertos y suspendidos en un mar de incógnitas no resueltas, es sin duda una de las mayores emociones.

Lastimosamente, la civilización actual ha ejercido influencias desastrosas sobre nuestra capacidad de búsqueda. El avance tecnológico ha contribuido a la pereza y a la indolencia. Cada día caminamos menos. Nuestra vida ya no depende tanto de la capacidad de exploración. La atrofia del espíritu indagador ha dado paso a la costumbre sedentaria del ocio. La inercia ha reemplazado la audacia del explorador. Hemos desarrollado una intolerancia a la incomodidad que nos lleva a la postración, impidiendo ensayar cosas nuevas y experimentar. Poseemos listas interminables de rutinas y nos enorgullecemos estúpidamente de ellas porque generan “estabilidad”. Somos más teóricos que empíricos. Tenemos miedo a lo desconocido, pocas veces nos aventuramos más allá de nuestro territorio y cuando lo hacemos organizamos las cosas de tal forma que nada escape a nuestro control; nada de imprevistos.

El que busca encuentra. La felicidad no llega a la puerta; hay que salir a buscarla y pelear por ella. ¿Hace cuánto que no sales a vagar sin rumbo fijo? ¿Que no improvisas? ¿Desde hace cuánto no ensayas comidas, ropas, paseos, deportes o nuevas posiciones en el sexo? La frase que sirve como motor es: “¿Qué tal será ensayar esto?” Cuando induzco a mis pacientes a que incrementen su ambiente motivacional, muchos me dicen: “¿Y qué hago?”. Yo les contesto: “Buscar”.

No hay una lista prefabricada sobre qué hacer de bueno con la propia vida. Hay que fabricarla escudriñando o indagando, y de cada diez puertas que abras, posiblemente una demuestre algo interesante y maravilloso que justifique el esfuerzo. La premisa: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, se convierte con el tiempo en la clave del entumecimiento y la inactividad emocional. Cuando lo cotidiano se vuelve demasiado usual y puedes prever tu futuro inmediato, significa que no has explorado lo suficiente. Cuando lo corriente se vuelve ritual, es hora de explorar. Necesitas desacostumbrarte y construir tu propia ecología. Si has perdido la capacidad de exploración, debes recuperarla. De otro modo, jamás podrás acercarte a una filosofía hedonista.

El segundo factor que interfiere con un estilo de vida placentero es la capacidad de sentir. Algunas personas sólo perciben lo evidente. Si están en las cataratas del Niágara, sólo verán “mucho agua”. Cuando están frente a un vitral, sólo verán un “vidrio pintado”. El amanecer les recordará que llegó la hora de dormirse. Una mañana de sol les hará anticipar un día caliente. La lluvia sólo lo impulsará a buscar resguardo para “no mojarse”.

Resumiendo lo dicho hasta aquí, aceptar vivir en un contexto de vida hedonista es generar un estilo personal de libertad emocional. Orientarse sanamente al disfrute y al placer es el terreno más fértil para que prospere la capacidad de quererse a uno mismo. Un espíritu desinhibido y sin restricciones emocionales indudablemente favorecerá el desarrollo de una sensibilidad aguda y perceptiva, la cual a su vez mejorará la comunicación afectiva y la comprensión de los estados internos. 

Dicho de otra forma, un estilo hedonista produce una mayor sensibilización frente a los estímulos naturales que llegan al organismo y amplía el rango de situaciones potencialmente placenteras. Si se aprende a disfrutar de la realidad, no es necesario alejarse de ella. Los estimulantes artificiales sobran. Explorar, y no colocar restricciones irracionales a las emociones, es acercarse a una forma de vida hedonista. Una vida alegre.

Las siguientes guías de acción pueden servirte para acercarte a un estilo de vida hedonista:

1. Saca tiempo para el disfrute.

La vida no se ha hecho sólo para trabajar. Se trabaja para vivir, no lo contrario. Tu momento de descanso, tu recreación y tus vacaciones no son un “desperdicio de tiempo”, sino una inversión para tu salud mental. No postergues tanto la satisfacción esperando “el día”. No hay un tiempo para el amor, como no hay un tiempo para quererte a ti mismo. Tú lo defines de acuerdo con tus necesidades y ganas. No hagas de la responsabilidad una obligación extenuante y dogmática.

2. Decide vivir hedonísticamente.

Acepta que la búsqueda del placer es una condición del ser humano. Forma parte de ti como algo natural. No es algo malo y sucio, primitivo y sórdido. Ser hedonista no es promulgar la vagancia, la irresponsabilidad o los vicios que atentan contra tu salud. Es vivir intensamente y ejercer el derecho a sentirte bien. Sería inhumano contigo mismo negarte esta posibilidad. Haz un alto en el camino de la rutina y piensa qué te hace vibrar y emocionar, qué te gusta y qué no, si en ese andar monótono y plano no te has olvidado de sentir.
Recuerda las veces que, innecesaria e irracionalmente, has evitado buscar lo agradable por creer que no era lo correcto o por miedo a excederte. ¿Cuántos momentos de felicidad has perdido por creer que no los merecías? ¿Cuánto tiempo has desaprovechado de la poca vida que tienes haciendo cosas que no te producen satisfacción? Busca en tu interior y encontrarás un vacío: la pasión. Tienes la obligación de generar alternativas de vida para mantenerte feliz. Si te resignas a un estilo de vida de mera subsistencia, ella se reducirá a su mínima expresión y perderá su principal encanto: la alegría de vivir. Si potencias tus experiencias placenteras, se abrirán nuevos horizontes y te harás inmune a la peor de las enfermedades: el aburrimiento. Tienes un talento innato para vivir “bien”, no lo desaproveches.

3. Explora, busca, indaga.

Una vez que decidas darle más importancia al principio del placer, debes comenzar a trabajar para sentirte bien. Tu principal arma es la exploración. No esperes a estar “totalmente seguro” para ensayar cosas nuevas. ¡Arriésgate! El placer no sólo está en encontrar nuevas fuentes de gratificación, sino en buscarlas.   No
necesitas tener un rumbo fijo. ¡Improvisa! Explorar no es hacer un mapa detallado de cada paso que vas a seguir, sino dejarte llevar por la intuición, sin pensar demasiado y sin razones claras. El “porqué sí” es aquí tan válido como cualquier otra razón. No te resistas a probar lo nuevo. Si te invitan a un programa diferente, no lo descartes de entrada; ve y prueba. Nunca sabrás con certeza donde encontrarás algo agradable y apasionante. No tengas opiniones a priori cuando de conocer se trata. Deja entrar la información libremente, sin ideas preconcebidas, y simplemente siéntela; si te agrada, acéptala y si no, apártala de ti. 

El hedonista es un incansable investigador de lo increíble y lo prodigioso (que no necesariamente debe ser un récord Guinnes). Lo inaudito puede estar en las personas más sencillas y en las cosas aparentemente más simples. Los aspectos placenteros de la realidad están a la espera de que los descubras: ¡Anímate!

4. No racionalices tanto las emociones agradables.

La idea no es negar la importancia del pensamiento. De hecho, tu manera de pensar tiene influencia sobre el tono afectivo (agradabilidad o desagradabilidad) de tus sentimientos. El problema es que si intentas “explicarte” y comprender permanentemente los sentimientos, los obstruyes irremediablemente. Obstaculizas su fluidez, los inhibes, los distorsionas e impides su normal desarrollo. La influencia cultural ha sido tanta, que no somos capaces de oír, mirar o tocar “sin pensar”. Hay una tendencia clara a “ubicar” la emoción en categorías conceptuales, juicios de valor y opiniones.

Es muy difícil lograr una imagen emocional desprovista de razón. Con esfuerzos y entrenamiento, algunas pocas personas, como por ejemplo los yogas, logran “limpiar” en parte la imagen y dejarla lo más pura posible. Pero la gran mayoría optamos por la alternativa opuesta. Las imágenes emocionales tienen más de razón que de sentimiento. Si lo intentas, puedes “balancear” la influencia de la razón y sentir de una manera más pura. El objetivo no es convertirte en un maestro budista. Simplemente, alejar un poco los porqués y descorticalizar las emociones placenteras. Sal un día a caminar con la sencilla idea de escuchar los ruidos que te ofrece la ciudad. Si estás en el campo, descubre los sonidos que te ofrece la naturaleza. Discriminarás chirridos, crujidos, voces lejanas, el paso de una vaca, el taconeo de una tabla movida por el viento, un carro lejano, algún pájaro, el viento, etc.  Un idioma entendible, pero desapercibido. En los recorridos diarios, mira con detalle las cosas que conviven contigo en el mundo: un cartel, una fachada, el color descolorido de las aceras, un viejo árbol, las caras de las personas que miran por las ventanillas de los atestados buses, etc. En tus paseos a la finca, mira los colores y sus tonalidades, detalla desde las pequeñas hormigas hasta la conducta asombrosa de los pájaros, recorre la formación montañosa, detente en una flor, en las hortalizas, en los frutales que cuelgan de los árboles, en las piedras, en los charcos, etc. Cuando mires, no seas un inquisidor evaluativo, sólo mira. Si te sientas a comer, disfruta de tu comida. Demórate un poco más en masticar y en degustar los alimentos. Saboréalos, deshácelos y déjalos en tu boca hasta que las papilas los asimilen. Intenta degustar sin condimentos de vez en cuando; sin sal, vinagre o pimienta. No comas sólo para no morirte de hambre; paladea y estimula el gusto. Igualmente, sensibiliza y recupera tu olfato. Oler no es de mala educación. Es uno de los mayores placeres cercenados por la cultura occidental. No sólo me refiero a olfatear un buen vino, sino todo aquello que valga la pena, como por ejemplo la comida (aunque digan que no es correcto), las flores, el pelo, los perfumes naturales, la brisa, la boñiga, los caballos, el amanecer, el humo, lo nuevo, el plástico, lo limpio, lo sucio, etc. El olfato es uno de los principales recursos de las personas sensuales, refinadas y sibaritas. Los que promulgan su represión no son otra cosa que abstemios de placer.

Finalmente, todo tu cuerpo posee la facultad de sentir a través del tacto. Tu piel es uno de los mejores sensores. Desgraciadamente, debido a su relación con la actividad sexual humana, es el más castigado y censurado. No temas a tu piel, ella te pondrá en relación con un mundo adormecido por el uso de la ropa y los tabúes. Te permitirá establecer un contacto más directo e impactante del que te produce ver u oír. No sólo te posibilita “tocar” una persona, una superficie tersa o áspera, algo frío o caliente, sino también ser “tocado” por otro ser humano, por la lluvia o por cualquier objeto. No debes darle a tu epidermis un sentido ofensivo y vulgar como hacen los mojigatos. Si quieres acariciarte y sentir tu propia piel, ¡hazlo!; después de todo, es tu cuerpo. Enfréntate a la naturaleza sin tantas defensas, quítate a veces la camisa o la ropa si te provoca, siente la brisa, el frío o la tibieza del sol. No esperes las vacaciones para sacar tu piel a sentir. Cuando acaricies a alguien, concéntrate en lo que sientes piel con piel, déjate llevar por la “química”. Juega con tus dedos lentamente, deslízalos, apóyalos, retíralos; fisiológicamente encantador. Camina descalzo, revuélcate en la hierba. Si te bañas, no te seques inmediatamente y concéntrate en cómo tu piel evapora el agua, siente el agua correr lentamente. Sal a caminar en plena tormenta y déjate llevar por el viento. Busca algo que nunca hayas tocado y hazlo. Preséntate y conócelo. Sin pensar y sólo a través del idioma de la piel. El contacto físico es la mejor manera de comunicar afecto. No necesitas hablar, ni justificar, ni elaborar, ni explicar nada. El amor tiene la facultad de comunicarse sin más lenguaje que un abrazo, una caricia o un beso.

En definitiva, la mente y la emoción pueden estar juntas, y de hecho así lo hacen. Sin embargo, dependiendo de las situaciones, debe prevalecer una sobre otra. Por ejemplo, en tus decisiones de trabajo, la emoción debe dar paso al razonamiento concienzudo; pero cuando estás haciendo el amor, disfrutando de un paseo, escuchando tu música favorita o pasándola bien,los juicios fríos y los “porqués” sobran.

(Walter Riso de su Libro Aprendiendo a quererse a si mismo)


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